Crónica de una ausencia


Es en el “hasta luego” que comienzo a buscarte entre los dobleces de ese bolso que vacío con pereza, con pocas ganas de acomodar cada cosa en su lugar. La vuelta siempre es dura, un vuelvo tierno, pero a la vez más firme en convicciones, en evaluar las posibilidades de seguir avanzando. ¿Será por ese cuadro fechado en 1965, 66, o 67, que nos mira con el peso de la historia? ¿Por ese hombre barbado que en motocicleta prefiere el ostracismo del “leprosario” que las condiciones de su vida burguesa? No sé, ya no tengo ganas de tanto hermetismo, de tantas condiciones de clandestinidad. Sobre ello hubo una generación que supo mucho, que la padeció en carne propia. Ella te destroza el alma, te la recorta en pedacitos y te deja como única alternativa la tarea de sentarte delante del procesador de textos para teclear con fruición desesperada. Escarbar y escarbar en la cabeza una y otra vez, en una operación contable que se extiende “ad eternum”.
Uno se acostumbra al desayuno compartido y el mate dulce -¡vio!-, porque no vaya a ser cosa que algún criollo trasnochado nos venga a versear que el mate se toma amargo. El mate se toma amargo y dulce. En el campo no hay “distingo” y hay reciclaje de yerba al sol cuando el mango no alcanza para tanto. A mí, como a muchos hijos de esta tierra no me la van a venir a contar. Y a vos, que pateas por esos pasillos escolares donde las realidades son más duras que los discursos de esos progresistas de salón, tampoco. Así lo entendimos en ese mate que cruzaba la mesa de una punta a otra, en una parábola interminable de la razón.
Das tus razones, doy las mías. Hay acuerdos, desacuerdos, anécdotas, risas, muchas risas; risas gráciles, entrañables, sobre bromas y chanzas que nos regalamos cuando recordamos alguna historia del pasado; como la de ese tipo al que le agarró un ataque de “Che Guevara” en plena manifestación estudiantil; cuando Lore dice: “Pobrecita me da una lástima...”; o cuando en el momento más inoportuno te digo “viva Perón” y vos me respondés “viva Evita”, para luego liberar esa carcajada fulgurante, tan preciada.
Pero nada termina ahí, porque al unísono comenzamos a apilar en montoncitos los sueños, tratando de ubicar cada cosa en su lugar y destinar a cada cosa su nombre. ¡Cómo en la “Guerra del fuego”!¿Recordás? Al homínido que le roban el fuego por asalto y se ve obligado a conceptualizar lo que sucede para crear una nueva realidad; una realidad que empieza a hacérsele cada vez más comprensible.
En eso la salsa boloñesa va y viene y jurás no decirle a Carmen que está mejor que la que prepara ella por miedo a ofenderla o derrumbar un mito. Eso ya no importa, el frío y el hambre aprietan y vos sólo querés continuar esa conversación interminable, adornada por el perfume de ese vino blanco que tanto te gusta. La conversación es franca y nadie quiere posar de intelectual por que yo creo que esas son vanidades de los tipos que posan para ello. Vos leíste a Borges, y yo también, y sin embargo eso no agrega ni quita nada al diálogo, porque somos capaces de reírnos de las anécdotas más simples y llanas que a veces dicen mucho más que la prosa exquisita de la “Historia universal de la infamia”; como por ejemplo las que nos cuenta Fabián que, inexplicablemente, nos llama con insistencia todos los días para reírnos y confirmar que me extraña. Ya escribiremos sobre él, que dice y jura que es un profesional del amor.
Mientras repasamos eso, y mucho más, el tic-tac del reloj comienza la cuenta regresiva, en un juego de palabras que anticipa que la hora de pegar la vuelta está cada vez más cerca. Vos preferís no hablar de ello y como en esa noche de verano en el Boulevar Santa Rosa -¿recordás?- empezás a aventar con las manos las palabras que lentamente salen de mi boca, en una resistencia heroica contra ese dibujo imaginario de consonantes y vocales que parece no tener fin. Porque, como desde aquella noche, esa palabra fue desterrada para siempre del Diccionario de la Real Academia Española. ¿Qué es el fin? No lo sabemos, porque ahora las cosas sólo tienen principio y no tienen fecha de vencimiento. Sólo lo recordamos cuando en la gesta de un solo gesto, el río de una lágrima hace un surco en la mejilla de esa cara que busca cálidamente recostarse contra la mía; y la suavidad y la presión es interminable; y ahí va una, y otra y otra... Ya son varias las gotitas que se desplazan sinuosamente entre tus pecas, con la promesa a cuesta de que no serán las últimas; porque, como en las líneas escritas más atrás, las cosas ahora tienen principio pero ya no tienen fin; y así lo dicen y aseguran con basamento empírico, y claridad imperial, tan sólo dos palabras: “te extraño”.
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