Marx de la crítica al idealismo hegeliano y del papel de los trabajadores en la historia

Karl Marx

Por Walter Barboza

Ya en el inicio de su libro “La ideología Alemana”, y en el marco de la crítica a los jóvenes hegelianos que desarrollaron su programa filosófico en el marco de lo que Marx y Engels definieron como la “putrefacción del Espíritu Absoluto”[1], ambos pensadores se diferencian abiertamente del programa hegeliano y sus herederos. ¿De qué manera? Pues bien, señalando el fracasado intento de la crítica alemana de diferenciarse de Hegel, ante el agotamiento de su proyecto filosófico de intentar “captar el principio del movimiento de la historia misma”, pero cayendo en una producción filosófica que fue construida a partir de los fragmentos del programa hegeliano.

En efecto, las críticas vertidas en La ideología alemana destacan las formas en que los jóvenes hegelianos, sin separarse del esquema de Hegel, fundan sus ideas políticas, jurídicas y morales, entre otras, a partir de un pensamiento teológico y religioso y argumentando que es a partir de la conciencia que podrán superar los hombres su acciones y formas de conducirse en el mundo. 

Marx dirá entonces que esta forma de argumentación, para dar cuenta de los conflictos, se trata de una interpretación que apela a las frases y que no es con frases que se combate el mundo real existente, anteponiendo de este modo una perspectiva que critica al idealismo hegeliano a partir de una visión material y concreta de la realidad. De hecho señala que las premisas de las cuales parte son “premisas reales, de las que solo es posible abstraerse en la imaginación. Son los individuos reales, su acción y sus condiciones materiales de vida, tanto aquellas con que se han encontrado como las engendradas por su propia acción”[2]. Con ello Marx y Engels nos quieren decir que los individuos dependen de las condiciones materiales de su producción. Y allí, a diferencia de Hegel, quien sentenciaba que todo “lo real es racional, y lo racional es real”, estableciendo una conexión entre el pensamiento y el ser como una instancia en la que el sujeto no se revela y toda lógica y concepto son pensadas en el marco de una totalidad que trasciende la mera conciencia individual[3], señalará que “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”[4]. 

Esta idea es central para comprender el argumento de la crítica al idealismo hegeliano: Marx se propone demostrar que a diferencia del idealismo alemán, el recorrido de las ideas es inverso. Si las distintas vertientes de esta corriente filosófica, creían que la misma descendía del cielo a la tierra, ahora con Marx el planteo es el opuesto[5]. En La ideología alemana quedará claramente diferenciada su concepción de la historia, al sostener que son los hombres, los que ocupan distintas posiciones en el sistema productivo, en el seno del estado, en el esquema de división de clases, los que determinan la conciencia y que las instituciones políticas de una época dada son el resultado de esas determinaciones. Marx en su programa filosófico y político apelará a una frase que marcará incluso, las luchas sociales y política del siglo XX: “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época”. Argumentado que la clase que domina al resto, en un momento dado del desarrollo histórico, es la que impone su concepción del mundo, su ideología. Así explica el desarrollo de la división de clases en la génesis del capitalismo, el dominio de una clase sobre otra, la imposición de un modelo de institución política y jurídica. Porque la producción de ideas y las representaciones de la conciencia[6] son el resultado de la actividad material del hombre, de sus formas de organizar la economía, el comercio y las entidades que rigen esa forma de organización. 

Ahora bien si en las Lecciones sobre la Filosofía de la Historia, Hegel plantea que la libertad es el principio que guía al Espíritu colectivo e individual en el desarrollo de la historia y que la libertad política implica la posibilidad que tienen los integrantes de una comunidad de participar en el gobierno de su propia comunidad y que el hombre se realiza en la medida en que se realiza la comunidad (Estado) que integra[7], ¿Qué ocurre en una sociedad constituida a partir de la división de clases, en la que los hombres que conducen los destinos de la comunidad son los únicos que tienen acceso a la educación, a la propiedad y que gozan de los privilegios económicos que otorgan el dominio de los medios de producción y el comercio? ¿En qué medida gozan de la libertad a la cual refiere Hegel para aspirar a la autoconciencia y ser protagonistas en el desarrollo histórico? La respuesta en Marx a esta pregunta, en la dialéctica hegeliana, sería ninguna, porque la clase trabajadora es consciente una vez que comprende su papel como motor de la historia a partir de la visualización de las contradicciones en el seno de la división del trabajo y de clase, de la explotación económica de la burguesía -que es la clase que domina y controla el estado, los medios de producción y enajena al hombre de sus propias realizaciones materiales, al momento de su programa filosófico- y de la necesidad de avanzar hacia la creación de una sociedad de iguales y sin divisiones, a la que Marx llama comunismo. Para ello el proletariado, en el marco de la lucha de clases, debería conquistar el poder e imponer el interés propio como el interés general. 

En su concepción de la historia, y en su crítica a Hegel y los post-hegelianos, Marx expondrá una concepción de la historia en la que visualizará el proceso real de producción en función de la sociedad civil y lo que ella produce desde el punto de vista filosófico, político, moral, religioso; criticando fuertemente a un tipo historia que se escribe “con arreglo a una pauta situada fuera de ella”[8] y al mismo tiempo planteará a la revolución como la fuerza propulsora de la historia capaz de poner fin a la falsa conciencia, cuya expresión implica la explotación de una clase por sobre la otra. 

En mayo de 2018 se cumplirán los 200 años del nacimiento de Karl Marx, y a un año del bicentenario de su natalicio, su pensamiento sigue tan vigente como en aquellos años de la fundación de la Primera Internacional, en cuyo seno los trabajadores del mundo discutieron sobre su papel en el desarrollo de la historia. En términos personales, el pensamiento de Marx sigue teniendo soberana actualidad, en la medida en que en el presente el gran capital sigue discutiendo cuales son las formas de "adecuar” las relaciones de producción al nuevo esquema de la división internacional del trabajo. Por un lado el capital concentrado, por el otro trabajadores precarizados que no gozan plenamente de sus derechos laborales, al mismo tiempo, trabajadores rurales que siguen cumpliendo tareas en condiciones de hacinamiento y pauperización. En pleno siglo XXI, las contradicciones de las cuales hablaba Marx, en las que la imagen más clara eran las tensiones entre el mundo rural y urbano, ahora esas contradicciones se evidencia con el avance tecnológico y la expulsión de los trabajadores del mundo del trabajo. Pero los que quedan dentro de ese circuito, deben someterse a la decisión del capital industrial y comercial de violentar cualquier atisbo de convenio colectivo de trabajo. 

Sin dudas, Marx nos sigue ofreciendo un programa filosófico y político adecuado para continuar interpretando de qué manera la clase trabajadora, a nivel local y mundial, debe continuar con su tarea organizativa, para asumir un papel protagónico en la historia de la lucha por una sociedad más justa y equitativa. 



[1] Carlos Marx-Federico Engels: “La ideología Alemana”, pag. 15, Ediciones Pueblos Unidos, Buenos Aires, año 1985.
[2] Idem pag. 19.
[3]Hegel, la dialéctica y la filosofía del espíritu”, en apuntes de Cátedra de Filosofía de la Historia, Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), pag. 26, año 2017.
[4] Carlos Marx-Federico Engels: “La ideología Alemana”, pag. 26, Ediciones Pueblos Unidos, Buenos Aires, año 1985.
[5] Idem pag. 26.
[6] Idem pag. 25.
[7] Sisto Mario, “Plan Humano y plan divino”, en “La historia desde la teoría. Una guía de campo por el pensamiento filosófico acerca del sentido de la historia y del conocimiento del pasado”, Vol. 1, pag. 234, Editorial Prometeo, Argentina.    
[8] Idem, pag. 41
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