De Black Mirror, el Leviatán y la información en las redes sociales

Por Walter Barboza 


Si el Primer Ministro Británico del capítulo 1 de la serie Black Mirror, hubiera nacido a fines del siglo XIX, o bien a comienzos del XX, quizás nadie se hubiera enterado del acto perverso que tuvo que llevar adelante para salvar la vida de la hija de su majestad la Reina de Inglaterra. Claro que ello implicaría un ejemplo contra-fáctico, el que a fin de cuentas no serviría de mucho si no más que para comparar la masiva presencia de los “masivos medios de comunicación social” (mass media) apenas asoma sus narices el siglo XXI. Es más, el fenómeno, a ojos vista, implica la necesidad de buscar nuevas definiciones que nos permitían constituir el problema, en una entidad portadora de referencia, sentido y significado.

Por ello vale preguntarse si acaso ¿cabe la posibilidad de pensar a los medios masivos de comunicación social con la definición que acuñaron en sus comienzos los primeros investigadores de los fenómenos emergentes de los medios? ¿Cómo hablar de lo masivo, y su poder determinante, en una sociedad en la que esa definición se vio claramente superada por algo mucho más novedoso, significativamente más masivo, potencialmente más determinante, cualitativamente más omnipotente, y cuantitativamente más omnipresente, que la mismísima figura de Dios?.

Cuando el Ministro empezaba a desayunarse del contenido del video en el que la Princesa Susannah le decía, casi como un ruego, lo que tenía que hacer con un cerdo para salvarle la vida, el dato que el Ministro pretendía guardar celosamente ya se había filtrado por toda la red y toda Gran Bretaña estaba enterada del asunto.

Basta con que esos medios, en una de las sociedades más conservadoras del mundo, se inscriban en la mismísima matriz cultural para que se “añada” indefectiblemente a lo que esa sociedad ya es. Por eso, quizás, pueda explicarse la reacción del público frente a un suceso que entiende como un gesto que enaltece, pese a la perversidad del mismo, la figura del funcionario o bien la cuestiona fuertemente si su decisión es contraria al pedido de la joven a la que debe salvar.

“Cualquier medio tiene el poder de imponer sus propios supuestos al incauto”, sostiene McLughan. Y agrega a renglón seguido: “La predicción y el control consisten en evitar este estado narcisista subliminal. Y la mejor ayuda para lograrlo es el conocimiento de que el encantamiento puede darse en el acto, por simple contacto, como en los primeros compases de una melodía”. ¿Y las posibilidades de resignificar el episodio? En este capítulo ese interrogante queda abierto y será acaso motivo de debate público o de un duelo en la intimidad del hogar junto a una esposa destrozada.

En este sentido, Williams se aleja de la mirada determinista de los medios y las tecnologías asumiendo que estas se generan a sí mismas en una esfera que se ubica al margen del problema y que la sociedad luego descubre, adopta y usa. Este último verbo es clave para entender por qué razón, en la serie, la televisión y las redes sociales como Youtube o Twitter, juegan una papel preponderante para la circulación de la información, el debate público y sometimiento al escarnio y la ignominia del Primer Ministro, como así también la difusión de la amenaza de muerte de la joven inglesa.

Evidentemente no son unos medios neutros que determinan lo social por el solo hecho de ser, en tanto tecnología, una parte importante de la sociedad, sino que ellos se inscriben en una trama mucho más compleja y dinámica y que está atravesada por intereses políticos (la carrera del Primer Ministro), corporativos (la exclusividad de los medios comerciales de tener una fuente de primera mano: la reportera herida en el fallido allanamiento) y sociales (el debate del común de la gente que asiste en vivo a semejante afrenta e interactúa a través de las redes sociales.). ¿Pero esos medios, que son parte de la petición del secuestrador, pueden negarse a participar del asunto?

Ahora bien el imperativo moral kantiano, aquello que nos indica lo que debemos hacer ante determinadas circunstancias, se pone en juego a ambos lados: el del Ministro que tiene el dilema de resolver si acepta el chantaje al que lo pretende someter el psicópata, y el de los medios que tienen una responsabilidad social en el manejo y tratamiento de la información. En el medio está aquello que en su doble sentido no está reglado: el control sobre el flujo informativo de las redes sociales y las normas éticas de lo que es posible publicar en la red.


De hecho si el Primer Ministro y la cadena de medios, hubieran acordado guardar celosamente el secreto hasta tanto pudieran pensar una estrategia en conjunto, las redes hubieran hecho lo propio, como de hecho lo hicieron cuando lograron capturar la imagen que ya había sido eliminada de la red Youtube para viralizarla sin ton ni son.



Hay un modelo, que si bien no se impuso desde el punto de vista jurídico, ha logrado un amplio alcance y cierta eficacia en las sociedades contemporáneas: el de la “infamia”. Aquí hablamos de la reacción espontánea de la sociedad frente a un hecho, con el que se intenta operar sobre la opinión pública. Foucault nos recuerda que “se trata de una pena que se ajusta al crimen sin la necesidad de un código, sin tener que ser aplicada por un tribunal, sin riesgos de ser instrumentalizada por un poder público”. En este caso, el triunfo de la legislación se fundamenta a partir del poder que tiene la “opinión pública” para castigar los delitos. Una extraña paradoja que se vuelve sobre el poder estatal, puesto que el Primer Ministro se constituye de a momentos en víctima y de a momentos en victimario de un poder oscuro que merece ser burlado. La pena de algunos y la burla de otros, pone en discusión las funciones de las redes como un dispositivo que elude el poder de los medios tradicionales generando otro tipo de debates y discusiones que muchas vece escapa a la estrategia política de medios y burócratas del poder.

En el curso de la semana que comprendió a los días 12, 13 y 14 de septiembre de 2016, un Wathsapp anónimo de una vecina que alertaba sobre la incidencia del fuerte temporal de viento y lluvia que se abatió sobre gran parte de la provincia de Buenos Aires, puso en pocas horas en estado de psicosis colectiva a una parte importante de la población de las ciudades de La Plata, Berisso y Ensenada.

El mensaje de voz decía, palabras más palabras menos, que un delegado municipal del barrio Villa Elvira advertía sobre la posibilidad de vientos fuertes, caída de granizo y lluvia y que era necesario estar alertas y tratar de mantenerse a resguardo por los peligros que ello implicaba. El mensaje llegó a manos de los funcionarios alrededor de las diez de la mañana del día 12, en el preciso momento en el que se encontraban realizando una reunión preventiva para salir oficialmente a brindar información respecto de qué hacer a la población ante el alerta meteorológico. Sin embargo el mensaje de la mujer, de tono altamente preocupante, circuló mucho más rápido en las redes que la palabra oficial en los medios.

El resultado: padres que hicieron cadenas de mensajes, copias en twitter y Facebook alertando sobre la necesidad de retirar a los chicos del colegio antes del horario habitual y directivos de establecimientos que decidieron cerrar sus puertas antes de los previsto, sin que mediara información oficial alguna.

El municipio de La Plata interpretó el episodio como una afrenta, cuando no como una operación política orientada a socavar el dispositivo de seguridad previsto en el marco de la experiencia traumática que la comuna tuvo en la trágica inundación del 2 de abril de 2013. De allí a una denuncia penal por “intimidación pública” (cosa poco probable y difícil de demostrar), un sumario a la mujer de la cual se supo que era empleada municipal, a la teoría de la conspiración hubo pocos pasos.


Black Mirror nos alienta a repensar aquella vieja idea que Thomas Hobbes planteaba en el Leviatán, cuando afirmaba que “la paz solo es garantizada por la amenaza permanente de la guerra”. En ese contexto, no falta quién se plantee los siguientes interrogantes: ¿Cuál es el debate que se cierne sobre el funcionamiento del conjunto de los medios de información, que, además, hoy incluyen a las redes sociales? ¿Acaso ha llegado el momento de pensar en la creación de un nuevo Leviatán
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