Orson Welles, Berta y la Ley de Medios

Entre “El día que los marcianos invadieron la tierra” y la tormenta “Berta”, han pasado sólo 75 años y sin embargo
los medios de información no han cejado en su intento por mantener siempre en vilo a la audiencia.
No es una novedad, pero quizás la intención y el dramatismo de Orson Welles, en la adaptación radiofónica de la novela “La Guerra de los mundos” de H.G. Wells, no haya sido otro que la de cargar de verosimilitud teatral a la ficción que ponía al aire un 30 de octubre de 1938 en el Mercury Theatre de Nueva York.
El mito, alimentado por la historia y los medios de información de la época, señala que fueron millones los norteamericanos que entraron en una verdadera crisis de pánico, pero al parecer la verdad de lo que aconteció habría sido la siguiente: Welles, efectivamente, llevó adelante la obra sin evaluar siquiera que alguien podría tomar en serio aquello de que la tierra estaba siendo invadida por seres extraterrestres. La incidencia de la puesta en vivo radial, habría tenido un impacto importante entre las poblaciones rurales, más incomunicadas y alejadas del acontecer cultural diario del momento, las que habrían entrado en desesperación por el relato del celebre director. Calculan los medios de ese entonces que un 20 por ciento de la audiencia, cerca de un millón de personas, creyó realmenta la historia.
Dificilmente pueda cuestionarse desde el punto de vista ético, el comportamiento de Orson Welles, quien ya comenzaba a dar signos notorios de una carrera promisoria como realizador, porque sólo se trató de un radioteatro cargado fuertemente de pasión y dramatizmo. Sin embargo, la experiencia “wellesiana” resulta cuestionable cuando se refiere al tratamiento de la formalidad que merece la información. El caso de la tormenta, falazmente llamada “Berta”, constituye un caso paradigmático. Nadie sabe quién, aunque se sabe el medio en el cual se originó (TN), echó a correr la versión de que la tormenta había sido bautizada de ese modo y el dato explotó en redes sociales y foros virtuales. Así en el término de tres días, la gente se refirió a “Berta”como si ésta existiera como tal. Los títulos y zócalos de los noticieros con sus pronosticadores y comentaristas de turno hablaron de ella como si sus características fueran las de un huracán caribeño. Construyeron entonces, y partir de una simple formulación discursiva, un fenómeno meteorológico de dimensiones mayores a las que realmente tuvo y que no fueron tan distintas a las de otras tormentas típicas de la primavera.
La preocupación fue tal, que mucha gente se mantuvo en vela o compró provisiones extras ante el temor de no poder salir de sus casas. La situación fue tan significativa que el Servicio Meteorológico Nacional, debió salir a aclarar en un comunicado que a los fenómenos meteorológicos que están ocurriendo en centro y norte del país no corresponde asignarles nombres identificatorios, tal como se está difundiendo en algunos medios de comunicación”. Los especialistas y responsables de esa área explicaron, además, que “las tormentas se nombran en la zona del cinturón ecuatorial, en donde un único fenómeno, con altas probabilidades de devenir en huracán, se mueve muy velozmente y es difícil precisar su ubicación por latitud y longitud. A partir del año 1953, la Organización Meteorológica Mundial determinó que a ese tipo de tormentas tropicales se las nombre con uno de los nombres que aparecen en un listado oficial estipulado por ese organismo internacional”. Y luego concluyeron que “se usa para fenómenos muy intensos y singulares. Nuestro caso es una tormenta, que es fuerte, pero no es un huracán ni nada por el estilo. No hay que generar pánico”.
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Titular del AFSCA Martín Sabbatella.
La anécdota es útil a los fines de dar cuenta de la naturaleza del reclamo que, ésta semana, hizo un grupo de periodistas (Nelson Castro, Joaquín Morales Sola, Magdalena Ruiz Guiñazú) ante la OEA, denunciando que la Argentina está en juego la “libertad de expresión”. Existe en los medios audiovisuales de alcance nacional, toda una generación de jóvenes periodistas y veteranos con una amplia experiencia, que guiados por el “espontaneismo” opinan, informan y comentan las noticias a partir de reacciones intempestivas. Ello ha quedado demostrado esta semana, cuando luego de que la Corte Suprema de Justicia declarara la plena vigencia de la Ley de Medios, los cronistas de los medios afectados hicieron todo tipo de intervenciones denostando a cuanto dirigente o militante se movilizó para celebrar en las calles una nueva Ley de la democracia. Descalifiaciones del tipo “El gordo Boudou” o “grupo de militantes rentados que cobran con los impuestos que pagan los contribuyentes”, fueron las figuras recurrentes más utilizadas para minimizar despectivamente una movilización que se destacaba por una composición heterogénea.
Y todo en un marco en el que vale la pena recordar que el estado despenalizó los delitos de calumnias e injurias cuando existe un interes público en discusión, aunque hay un pena que se traduce en un multa en el caso de que no sea una cuestión de estado. La producición de papel prensa fue declarado de interés público para asegurar una distribución equitativa entre los medios. La cesión de espacios gratuitos para todos los partidos políticos en los medios audiovisuales, fue otra de las medidas que garantizaron que muchas fuerzas políticas tuvieran la posibilidad de ganar visibilidad en épocas electorales.
Acaso haya que señalar que sin Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, y sin el impuslo y el aliento del estado y las organizaciones de la sociedad civil, “Berta” tal vez no hubiera existido, aunque más no fuera como parte de una ficción o un juego que algunos periodistas gustan jugar: el de la construcción de una realidad.
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