“El último wing derecho” ( a Fabián López, "El hijo del viento")


Gira y gira locamente la pelota mientras cruza casi suspendida el espacio aéreo delimitado por el perímetro de la cancha de fútbol. Esa fenomenal parábola le permite sobrevolar las cabezas de los jugadores que, allí abajo, esperan ansiosamente la caída de ese monumental esférico que, allí arriba, parece un pequeño punto en el espacio infinito.
Caerá mansamente, tan mansamente que le dará tiempo al “último wing derecho”, que espera pegado a la línea, a pensar la última y gran jugada de su vida. Se trata de un tiempo infinito que transcurre en milésimas de segundos pues, después de todo, el fútbol es tan mágico como la propia existencia de los seres humanos. Ello no se explica.
Intercede en la jugada, una vez que el balón cae hasta encontrarse a escasos centímetros del suelo, Fabián López, (a) “el hijo del viento”, quien dando muestras de una destreza nunca antes vista mece el esférico en el empeine de su pie derecho hasta adormecerla, dejarla casi anestesiada en su botín. Es entonces que, como un relámpago que busca extenderse ilimitadamente por todo el cielo, gira su cuerpo en un solo movimiento hasta quedar frente al campo adversario. Allí lo encontrará a “el último wing derecho” dispuesto a correr por el lateral como aquella gacela deseosa de cruzar la “sabana” africana.
Su toque es sutil; apenas un caricia en los gajos de esa pelota que empieza a rodar y dar piquecitos como si en su interior habitara un saltamontes o un animalito dispuesto a corretear por todo el escenario; es “cortada” como le gusta al “wing” que a esta altura de los acontecimientos puede ver de reojo como “el hijo del viento” corre alocadamente hacia adelante haciendo gestos y ademanes de todo tipo a la espera de una devolución del mismo tenor.
Son como dos guerreros, como dos gladiadores dispuestos a enfrentar a un ejército de mil hombres aunque la relación de fuerzas sea desventajosa. Así van acelerando y hamacando el cuerpo, esquivando bultos, dos ondulaciones que serpentean por la cancha.
Corre el wing por su lateral y la carrera es tan frenética que hasta parece despegar el cuerpo del suelo; “pura levitación”, se imagina mientras siente las piernas de los adversarios como guadañas dispuestas a cortarle el paso para frenar su embestida; cuando entonces ocurre lo inesperado: “el último wing derecho”, que parece no detener su marcha, toca por última vez la pelota hacia adelante dirigiéndola al palo del corner; quedará entonces a un metro del balón, mientras mide y evalúa de reojo la marca de su adversario, un coloso de un metro ochenta (1,80) dispuesto a partirlo en miles de pedacitos, deseoso de convertirlo en un pobre recuerdo de lo que fue. No se imagina el “wing”, que pesa apenas 68 kilos, convertido en pequeños fragmentos de carne y huesos y esparcido por todo el territorio; por eso, y haciendo gala de sus proezas como jugador, ensayará una última avivada. Antes, y sólo antes de que esa esfera brillante se detenga, y aprovechando los movimientos torpes de esa locomotora que arrecia con toda su fuerza, pero que llegará apenas dos segundos después que él, dará un brinco maravilloso. Se verá entonces viajando más liviano que el aire, casi etéreo, todo suspensión, en dirección a esa bola que empieza a aminorar su marcha, pero antes de que se detenga completamente posará sus dos piernas sobre ella hasta quedar parado como un perfecto equilibrista; jugada circense, jugada acrobática, el “wing” parado sobre la pelota puede ver con claridad como su marcador pasa de largo como un colectivo lleno, dejando un surco profundo que quedará dibujado como una diagonal en el vértice del corner. Recordará y se sentirá Mané Garrincha haciendo la misma jugada acrobática frente a Varaca en cancha de River.
Entonces se animará a más y cuando nadie lo imagina con una rabona, delicada como una copa de cristal, tirará un centro al “hijo del viento” que, lo recuerda y percibe, venía corriendo por el centro de la cancha hacia el área chica. “El hijo del viento”, desafiando la ley de la gravedad y todas las leyes de la naturaleza, despegará sus dos piernas de espaldas al arco adversario. Primero es una pierna, luego otra. El movimiento, sencillamente perfecto, parece dejarlo suspendido en el aire, aunque de un certero y sorpresivo latigazo le asesta un golpe seco que envía la pelota al rincón de las arañas.
Sin embargo algo se rompe en el interior del “último wing derecho”, que le permite recuperar la noción del tiempo y la distancia. Ve entonces con la mayor de las claridades al “hijo del viento” intentando bajar la pelota con su pierna derecha en el centro de la cancha. Sus movimientos son torpes y obsoletos, carentes de gracia, pobres de estilo. A duras penas logra dominarla, pero su pase cortado saldrá pifiado, engorroso, tan defectuoso que “el último wing derecho” se moverá torpemente de un lado a otro intentando interceptar esa pelota que da saltos ingobernables y a la que nunca llegará, porque su marcador (el coloso de un metro ochenta) es rápido y ágil y dominará la pelota con suma autoridad. Ya no hay visión estratégica en esos dos hombres que comprenden con la crueldad del tiempo presente que, aunque la cabeza tenga celeridad de pensamiento, el cuerpo no responde y que sólo volverán a jugar magistralmente -si alguna vez lo hicieron- cuando sueñen dormidos o despiertos, porque ahora saben, con la firmeza que las reglas del juego imponen, que ese partido que está por concluir lo ganarán los rivales por cuatro a cero.
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