Joaquín

Joaquín sonríe de alegría, ahora que dejó de ser una fotografía, parte de un catálogo infame que le había quitado identidad, sueños y alegrías. Es el mismo de hace tiempo, quizás con una voz más áspera que otrora, pero juvenil e indagador. Manito hecha de un pétalo de rosa, solo vos y yo sabemos lo que es el amor en su forma más pura y diáfana. Una perfidia truncó los gestos de esta gesta y hoy te exige pagar con lágrimas los yerros de un tiempo lejano; justo a vos, que sos “santo e inocente”.

Imposible anular todo el registro que acumulamos durante estos años. Vos me escuchas, yo te escucho, vos me amás, yo te amo. Y nos recordamos entre nuestras soledades y compañías como esos grandes amigos que somos. Quieren construir una imagen difusa de lo que somos. Pero eso es sólo dolor ajeno que no nos pertenece. Indagarás, cuando ya seas un hombre, en el bajo relieve de la historia para revitalizar tu biografía y comprender estas palabras que ahora te suenan ajenas. Recordarás el día que ensayamos juntos, vos en el piano y yo con la flauta, esa canción tan dulce que exhibiste en la Escuela de Arte. Quizás compartamos tu primer vino, tu primer cigarrillo, tus deseos de hacer de la vida una ciudad sin fronteras. Buscaremos la verdad hasta en el fondo de de un pozo, para desarmarla parte por parte y volver a poner cada pieza en su lugar. Y allí, cuando la encontremos, ella estará de cuerpo entero, tan clara como el agua; sin maquillajes, sin camuflajes, plena. Entonces la invitaremos a sentarse a nuestra mesa para charlar sobre lo sucedido. Nos dirá que sólo se trató de un error, de un mal entendido, de una confección desacertada de los datos. Nos pedirá disculpas, se doblegará ante nosotros de arrepentimiento, confesará que solo se trató de una mirada equivocada, pero no por eso menos ingenua, y se marchará por donde vino. Nosotros, que nos amamos profundamente desde que te tome en brazos por primera vez, comprenderemos recíprocamente que las cuentas están saldadas; porque ya no estarás “sujetado” a esas palabras que te circundan y te envuelven; ese discurso ajeno que pretende moldearte, malearte maliciosamente. Cuando llegue el día, la hora, el minuto inicial de ese encuentro, entenderemos, con la felicidad de dos niños, que es el momento de volver a reconocernos mutuamente.

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