La caída de Víctor

A Víctor “B”, que regresó de la muerte.

Corre y corre Víctor porque ahora sabe que no está en un sueño, que lo que acontece es tan real como la realidad misma. Salta un charco y otro, esquiva bultos y objetos de variada tamaño y color; busca ese camuflaje perfecto que le permita mimetizarse con el follaje, las paredes o la noche misma. Corre como un loco, con desesperación renovada, con la certidumbre de los que entienden que les queda muy poco. ¿A dónde ir si el cerco se estrecha, se ajusta a más no poder? Lo asfixia el rodeo; “a un hombre libre”, piensa en un tiempo y espacio que se le torna eterno, no le pueden hacer esto. Musita en voz baja para no ser escuchado, pero a pesar de ello los vecinos, temerosos, espían con las luces apagadas desde las celosías de sus ventanas. ¿Quién se la jugará para abrir en una fracción de segundo esa puerta que tal vez permita estirar la agonía? No está herido y eso le juega a favor en la huida, pero las piernas ya no le dan más. Está prácticamente entumecido, acalambrado, con cientos de gotas de sudor que recorren su cuerpo en un largo peregrinar de sales minerales. Hasta que finalmente el impacto llega. Será una descarga mortal proveniente de un fusil FAL, lo suficientemente certera como para tumbarlo de espaldas como si hubiera recibido un golpe en el pecho, un mazazo certero. Quema el hueco que lo ahueca. Acusa recibo y apenas desliza un sonido gutural, emanado desde el interior de sus entrañas. Entonces Víctor comienza a caer con los brazos extendidos como si fuera una pluma que se desprende perezosa del ala de un pájaro; pero en el espacio que media entre el piso y su posición vertical, en el que quedará suspendido en el aíre por insignificantes fracciones de segundos, tendrá el tiempo suficiente para revisar su vida, repasar momentos del pasado, circunstancias, nombres y personajes de su historia.

Entonces un verdadero “desfiladero”* de personas entrañables emanarán de su cabeza, como la sangre que a borbotones púrpuras sale de ese inconmensurable agujero. Allí, de esa galería de caras angelicales, emerge la perfidia que ahora le provoca una náusea atroz y que lo sumerge en la más profunda de las ignominias.

Pobre Víctor, que te dejaron sólo en la agonía. Víctor el militante, Víctor, el padre, Víctor, el trabajador y peronista, Víctor el hombre nuevo. Todos los Víctor sintetizados en este hombre que suda y vomita por la descompensación. ¿Acaso alguien tendrá la intención de salvar su vida? ¿Acaso alguien lo necesita vivo y coleando? Si ahora los coletazos son el resultado de esas convulsiones que se mezclan con el dolor de la herida.

Duele esa herida, tanto como el abandono y el olvido en el que ha quedado sumergido. Duele la entrega de su vida si ella no tendrá la gloria que su militancia se merece. La gloria y esa náusea que lo hacen sudar y ese sudor que se mezcla con el corazón agitado que empieza a dejar de bombear la sangre que es cuerpo desangrado necesita para estirar la agonía. Así se va víctor, entre el sudor que es cada vez más frío, la sangre derramada, los vómitos de una bilis espesa que sale de su boca y los ruidos de los tacos de esas botas negras que lo vienen a buscar.

Nota: Argentinismo que hace referencia a un desfile de personas.

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