De Fukuyama a Obama, y la historia de un fin inacabado






Cuando Francis Fukuyama desde una lejana Estados Unidos anticipaba en 1989 el “Fin de la historia”, seguramente no imaginó el papel que esa historia le tenía preparada para la Nación potencia por excelencia.
A más de veinte años de aquellos augurios, sólo queda una pálida imagen del Estado-Nación que se erigía en todo el planeta como gendarme del mundo. Ahora el país del norte sólo se destaca por el ejercicio de la violencia. Por ser uno de los estados más fuertemente armados y en condiciones de intervenir militarmente cualquier continente. Pero detrás de ese telón, es el ocaso. Una recesión que castiga al conjunto de la economía y amenaza con extenderse por tiempo indeterminado si el Congreso de los Estados Unidos no aprueba las medidas que el presidente Obama necesita para comandar la crisis.
Una de ellas, y la que amenaza con convertirlo en una preconizador de la lucha de clases, para lo que es la mentalidad del americano medio, es la de incrementar el impuesto a los sectores de mayores ingresos para recaudar dinero e intentar fortalecer el estado de cara a la etapa que se viene, o bien incrementar el gasto público con medidas de corte estatista. Se sabe que el resultado de la recesión es hoy para EEUU un incremento en los índices de desocupación, acompañada por una estrepitosa caída del consumo y el nivel de productividad.
Paradojas de la historia, este cambio de mentalidades. Situación similar que obliga a revisar nuestro pasado reciente, cuando a partir de 2003 el presidente Néstor Kichner devuelve un rol protagónico a un estado quebrado y en decadencia. Miradas que cambian y que hoy nadie pone en duda. Recetas que ahora son observadas como una singularidad en la crisis económica mundial.
En la Argentina, mientras Obama exprime sus neuronas para ver como salir del paso, el gobierno envía el proyecto de Presupuesto 2012 que prevé un crecimiento del PIB de 5,1 por ciento, con un tipo de cambio estimado en los 4,40 pesos; una inflación que orilla el 9,2 por ciento; un superávit fiscal primario –antes del pago de intereses de la deuda– de 2,22 por ciento del PIB y un superávit financiero de 0,07 por ciento del producto. Y todo ello en un marco donde el gasto estatal no debería ser definido como gasto sino como una herramienta estratégica para la estimulación y crecimiento económico, es decir como una inversión para saldar cada vez más la deuda interna con el pueblo.
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