Noche de los lápices, a 21 años de la Libertadora




Es una sociedad que se prepara para “deconstruir” lo que la historia, las luchas por la liberación de América Latina, el proceso de descolonización de los pueblos del Tercer Mundo, las revueltas estudiantiles de París, y otros fenómenos sociales de la época, construyeron en la subjetividad de una de las generaciones juveniles más dinámicas que tuvo la República Argentina.


Entonces referirse a la “Noche de los Lápices”, es dar cuenta de las marcas que esas rupturas y discontinuidades (en la Argentina las podríamos interpretar como la inestabilidad de los procesos democráticos), dejaron en la militancia estudiantil de los años 70.


Para ellos la democracia obtenida en el año 1973 no fue una concesión, sino lo que a fuerza de movilizaciones, luchas sindicales en las fábricas, militancia en las universidades, barrios y escuelas secundarias, lograron arrancarle a las dictaduras que interrumpieron el orden Constitucional en septiembre del año 1955.


Por ello no resulta curioso que, o quizás haya sido producto de la casualidad, los militares golpistas del 76 eligieran el 16 de septiembre como fecha emblemática para perpetrar el secuestro y la desaparición de los estudiantes de la U.E.S (Unión de Estudiantes Secundarios) que reclamaban la implementación del boleto estudiantil. Pues se trató de un grupo que en sus orígenes conformaba el brazo estudiantil de la Juventud Peronista de La Plata.


Las fechas coinciden y las convicciones también, sólo que la “juventud maravillosa” a la que apostó Perón en tiempos de su exilio luchó por la recuperación democrática, la vuelta de su líder y la profundización de la historia peronista, desde la renovación generacional y la lucha revolucionaria.


Pagó con su vida y de ello no cabe duda. El secuestro y la desaparición de los estudiantes Horacio Ungaro, Claudio de Hacha, Pancho López Muntaner, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone y Daniel Alberto Racero, explican el proceso político del momento. Pablo Díaz, Gustavo Calotti, Emilce Moler y Patricia Miranda, sobrevivientes de la Noche de los Lápices, pueden dar testimonio.


“Deconstruir” la capacidad de organización y de movilización de una de las sociedades más avanzadas en términos políticos y culturales; “deconstruir” el estado de bienestar que fuera forjado a fuerza de trabajo y luchas sindicales; “deconstruir” lo “construido”. En esa línea opera la dictadura. Desde lo material y simbólico, deja huellas, rastros de lo que pretende.


Sin embargo 35 años después, merced a la lucha incansable de los organismos de DDHH., organismos de detenidos desaparecidos, sobrevivientes sin encuadre orgánico, hijos, nietos y militantes por las causas populares, el escenario ha cambiado. En eso talló fuerte el estado a partir de 2003. Empujó contra la desmemoria abriendo un espacio de diálogo con esa militancia y poniendo en diálogo la perspectiva histórica con la sociedad. Tomando medidas ejemplificadoras para las nuevas generaciones de militares. Reconstruyendo un nuevo discurso de carácter integral.


Ahí, en su interior, en el interior de esa palabra enunciada estamos todos. Fundamentalmente aquellos que, como los que integramos El Tranvía, creemos posible una sociedad más equitativa, más justa. Y en esa creencia que se torna convicción, asumimos el compromiso de recordar a las víctimas del terrorismo de estado, entre ellos a los jóvenes militantes que fueron desaparecidos en la trágica “Noche de los Lápices”.

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