El petróleo argentino es de interés público


Al gobierno español sólo le queda la queja. Tocó silbato tarde, cuando la compañía ya sabía en el año 1999, y a decir de sus propios trabajadores, que la empresa no tenía una política de exploración para avanzar en la búsqueda de nuevos pozos que le permitieran ampliar su producción. Cumplido el ciclo vital, sólo restaba que fueran generadas las condiciones políticas y económicas para avanzar en la recuperación de un recurso sumamente estratégico para el desarrollo del estado nación.
Independientemente de las políticas que fije el directorio que intervendrá la empresa, de movida el gobierno nacional ha decidió declarar al petróleo un “bien público”, lo que permitirá que el encuadre jurídico que se le pueda dar al proyecto, para garantizar su traspaso, será sustentado por los fundamentos establecidos en el Art. 17 de la Constitución Nacional. Los valores serán discutibles. Lo primordial: el control que el estado nacional tendrá sobre un recurso estratégico y no renovable.
El impacto político que causará la medida, mensurable a partir de las concepciones políticas e ideológicas de los que pretendan terciar en la disputa. Para las regionales, una instancia de revisión histórica. Berisso y Ensenada, el NOA, el Sur, recuerdan las consecuencias de la ola privatista que azoló la Argentina de los ‘90. El ajuste de la compañía, la expulsión de sus trabajadores, los efectos sobre las economías regionales, la desaparición de la estructura sindical y la política mutualista. Quienes vivieron entre Berisso y Ensenada, durante esos años, recuerdan con desesperanza los días oscuros que comenzaron cuando en el año 1991 un paro de los trabajadores de YPF, afiliados al sindicato SUPE, concluyó con el despido masivo de los empleados. Decían los trabajadores “que la entrega estaba decidida”, pero no sólo la entrega de la empresa sino la de sus empleados, Indemnización y a casa. Los que se animaron invirtieron los sueldos de su expulsión en kioskos, taxis, verdulerías y almacenes. Es decir en el sector terciario de la economía, es decir el sector de menor valor agregado.
La desocupación planificada, la desocupación que terminó sumergiendo a los trabajadores en el ostracismo. Algunos, los menos, intentaron el armado de cooperativas de trabajo para ofrecer servicios de mantenimiento a la propia empresa YPF. Los que pudieron pasaron de una matriz a otra. Dejaron de ser empleados para pasar a ser empresarios. La lógica era distinta. Pocos sobrevivieron y los que no, fue por una política empresarial perversa que les terminó rescindiendo los contratos por la imposibilidad de esos trabajadores, que habían nacido para ser trabajadores, en convertirse en empresarios y ajustarse a las normas internacionales. Imposible competir con otras empresas de mayor porte. Resultado: adiós a las cooperativas.
Ese fue el resultado más perverso de la política económica de esos años. Trabajadores, casi en edad de jubilarse, que debieron ajustarse a los cambios estructurales que ya habían sido anunciados el 24 de marzo de 1976. Debieron pasar 15 años para que la aventura de los grupos económicos pudiera avanzar sobre una de las empresas “símbolo” del estado de bienestar. El capitalismo no perdona. Menos a la demagogia de los que creen en un país justo, libre, soberano en sus políticas económicas, culturales y sociales.
Por fortuna, y para desgracia de Francis Fukuyama, la historia nos viene a demostrar una vez más que está hecha de la cotidianeidad; que los que resistieron el ajuste, fueron sembrando una semilla cada día, y que la conducción de la empresa tuvo mucho mérito.
Si hay algo que caracteriza a la “sintonía fina”, en esta etapa de la historia, es esa forma de hacer de la política un elemento para la sorpresa. Desde hace casi un lustro, cuando comenzó a disparase el precio de los combustibles y se incrementó considerablemente el parque automotor, el estado nacional analizaba el panorama minuciosamente. Hoy toma la decisión. Los distraídos no advirtieron que, en un país que avanza hacia la profundización democrática, la agenda no se impone, se discute. Ahora Cristina tiene la pelota.
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