Moreno


Mariano se recuesta en su mano izquierda mientras la derecha sostiene suavemente la pluma con la que redactará las primeras líneas de los documentos de la Revolución de Mayo. Piensa ese Jacobino educado en la Universidad de Chuquisaca, la más prestigiosa de Sudamérica, los vericuetos y sinuosidades de ese camino violento que implica la Revolución. No serán fáciles esos tiempos para uno de los pregoneros de la guerra por la independencia, que no sospecha, ni remotamente, que sus escritos signarán las ideas de cientos de generaciones. El pensamiento y la palabra en acción de Moreno, marcarán el inicio de la prensa independiente. Independiente de la Colonia española, independiente del antiguo régimen, pero comprometida con los nuevos tiempos, comprometida políticamente con las nuevas ideas llegadas del viejo continente.

A diferencia del presente, esa prensa finisecular contrasta fuertemente con la idea del periodismo independiente. Ese periodismo que, escudándose en la supuesta tutela de la verdad, la justicia y el sano equilibrio, cuestiona fuertemente a la prensa comprometida con su tiempo. Moreno, al igual que Haroldo Conti y Rodolfo Walsh en el Siglo XX, pagó con la muerte su osadía. Su concepción de la función del periodismo, era la de un periodista militante; un periodista dispuesto a hacer de la palabra escrita una herramienta de transformación social y política; un periodista conciente de que no existe el “periodismo independiente” ni posibilidades de llevarlo a la práctica, porque su sola expresión es sólo una abstracción, una muletilla a la cual nadie puede responder, ni caracterizar.

Es en ese juego engañoso en el que no ingresa Moreno, más proclive al juego del Ajedrez o al despliegue discursivo como una estrategia imprescindible y necesaria para ganar la batalla cultural. Moreno en términos personales no gana, pero ganan sus herederos, aquellos que batallan con esas herramientas que parecen mínimas pero que comparativamente son superiores a las del ilustrado jacobino. Sólo resta terminar de dar forma y sentido a ese discurso que la sociedad necesita para los tiempos que corren. Su potencia, a veces, parece llegar como el eco de un trueno, pero con claridad certera. Y en ese tronar comenzamos a unificar criterios para la elaboración de esa palabra que nos distinga de la unidimensionalidad de la palabra concentrada. Por esos caminos, de la búsqueda constante, andan Osvaldo Drozd, Ana Lacunza, Adriana Cordero, Germán Zorba, Violeta Sbatella, desde “El Tranvía”, Daniel Cecchini, que desde Miradas al Sur nos regala sus análisis generosos de la realidad, Fernando Rossi, en su propio espacio, Ariel Tapia en la estepa pampeana, los colegas de las radios comunitarias que a fuerza de militancia lograron constituir una normativa legal como la Ley de Medios; los compañeros docentes y periodistas de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, y los que a diario llenan centímetros y centímetros de páginas impresas y digitales que no hacen más que confirmarnos que no hay nada mejor, como ejercicio para la profundización de una democracia con equidad, que poner en palabras lo que pensamos.

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