Por Walter Barboza
Toda forma de la
política, toda experiencia proyecto o modelo, emanado de la política, necesita
de sus intelectuales orgánicos que, a decir de Antonio Gramsci a quien hoy a
derecha e izquierda se venera, resultan ser los hombres, mujeres y diversidades
sexuales que median entre un proyecto político superestructural y la vida
territorial del común de los mortales. Es decir, para que suene claro, se trata
del sujeto que contribuye en la imposición y el fortalecimiento de un proyecto
político a través de la construcción de un nuevo sentido común.
Ese es el rol
que parece jugar Curtis Yarvin, quizás una de las personas más influyentes en
el proyecto político de los grupos dominantes de los EE.UU. y de quien el
presidente Donald Trump parece retomar algunas de sus ideas.
Yarvin,
básicamente, es un especialista en informática y el universo de la tecnociencia
que se desprende de ella. Activo militante de las redes sociales como X, o Substack,
utiliza estas plataformas para dar a conocer su mirada sobre el mundo, la
política tradicional, la democracia y los valores que fueron construidos a lo
largo del siglo XX por el mundo moderno. Comenzó firmando bajo el seudónimo de
Mencius Moldbug, aunque ahora lo hace abiertamente con su nombre real.
Surgido de la
usina de Silicon Valley, epicentro norteamericano de las corporaciones
tecnológicas, Yarvin manifiesta, entre otras cosas, que:
Hay que
reemplazar la democracia por una sociedad de nuevo tipo en la que no exista
gobierno alguno.
Desprecia
la idea de la igualdad y la inclusión y propicia que la sociedad sea gobernada
por un director-ejecutivo- rey, que dirija al país como una empresa.
Cree que
la democracia ralentiza las cosas y la rendición de cuentas obstaculiza las
ganancias.
A partir de sus
ideas, en EE.UU. ahora se habla de “despedir al estado profundo” o “simplificar
al gobierno como una empresa”.
Ahora bien, ¿por
medio de qué estrategia opera Yarvin? Según el periodista Jack Hopkins, Lo hace
del siguiente modo:
“En
lugar de ejércitos… construye redes.
En lugar
de propaganda… construye plataformas.
En lugar
de votos… construye algoritmos.”
Su idea,
básicamente es pensar una forma de gobernanza que ocurra por afuera del
gobierno: en el software, en naciones digitales, sin votaciones, sin
supervisión y sin rendición de cuentas.
Purgar,
privatizar y centralizar el poder, parecen ser la consigna. Privatizar la
educación, la salud, los servicios en general y hasta el sistema carcelario,
los objetivos. Ideas que han anclado muy
fuerte en la matriz de pensamiento del presidente Donald Trump.
Pero lo
temerario parece ser el objetivo a nivel global: la posibilidad de construir
ciudades-estado- privadas donde los ricos se gobiernan así mismos. Una suerte
de enclaves dentro del viejo estado moderno. Ese es el sueño: construir una
etapa “postdemocrática” desde una perspectiva que algunos analistas señalan
como “neorreaccionaria”.
Un comentarista
de ocasión, de la red Substack, recuerda lo siguiente:
“En 2008,
un desarrollador de software de San Francisco llamado Curtis Yarvin,
escribiendo bajo un seudónimo, propuso una solución horrible para las personas
que consideraba “no productivas”: “convertirlos en biodiésel, que puede ayudar
a alimentar los autobuses de Muni”.
Ahora se
entiende desde qué lugar, Curtis Yarvin, interpela a la sociedad. Cualquier
parecido o semejanza con nuestra realidad argentina no es pura coincidencia.

https://orcid.org/0000-0002-6126-7695
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